Cuando me sentà cansado de parir obras que eran sólo espejo de mis egos, abandoné durante dos años el arte. Al olvidarme de mà mismo, me cayó encima el dolor del mundo. Envueltos en su laborioso suceder, no siendo sino pareciendo, los ciudadanos, como yo, habÃan perdido la alegrÃa de vivir. Amortiguados por drogas, café, tabaco, alcohol, azúcar, exceso de carne, desengañados de la polÃtica, la religión, la ciencia, la economÃa, las guerras patrióticas, la cultura, la familia, tristes animales sin finalidad con máscaras de satisfechos, nos paseábamos por las calles de un planeta al que sabÃamos que poco a poco Ãbamos envenenando. La enfermedad de nuestra sociedad era profunda. Un antiguo cuento chino me sacó del abismo (...). El mensaje de este cuento me impulsó a la acción. Me dije: No puedo cambiar el mundo pero sà puedo empezar a cambiarlo (...). Comencé a dar conferencias gratuitas los miércoles. Por sentido del humor, las definà como un servicio individual de salud pública. Me propuse realizar, durante hora y media, una terapia colectiva, aplicando el resultado de mis búsquedas teatrales. El actor (en este caso yo) no debÃa ser un hombre que tratara de interpretar un personaje, sino una persona (convertida en personaje por su familia, su sociedad y su cultura) tratando de encontrarse a sà misma (...). Fiel a mi decisión, sin cejar nunca, di estas charlas, con la sala llena, durante más de veinte años.
