Comparto, aunque con bemoles, el diagnóstico parcial que alguien hizo del mundo occidental: Vivimos en una cultura del deseo y padecemos de una inmadurez afectiva notable. Todo esto trae consecuencias de corto y largo alcance. Me importan estas últimas: cambios erráticos en la visión que el ser humano tiene de sí mismo. Con estas palabras abre Bernardo Olivera su estudio, breve y punzante, sobre esta realidad fundante del ser humano: somos seres deseantes y es imprescindible integrar el deseo como motor de la espiritualidad. Sin una madurez afectiva, apunta el autor, es difícil el seguimiento del Señor y el crecimiento gradual e integral en el Espíritu. La variadísima tipografía del deseo y la afectividad en íntima relación con las vicisitudes (gratificaciones, fantasías y depresiones) de la propia biografía es recorrida con lucidez por el P. Olivera para ofrecer pautas concretas de trabajo y oración para el crecimiento personal.